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Materia. Madre del mundo José Albelda.
Texto para el catálogo MIPEQUEÑOMUNDO. Becats Art Visual 2002-2003. Editado por el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana.

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Animal extendido
sobre la duración,
agazapado más allá del tiempo y de los tiempos
o más allá del dios.

Materia.
Madre
del mundo.
Erguido seno blanco
que toca el cielo o que lo engendra
y hace nacer la infinitud.
Apenas
existimos en ella un breve instante.

Acógeme de nuevo en ti,
más sólo cuando haya
acabado mi canto.

(sobrevolando los Andes)
José Ángel Valente. Fragmentos de un libro futuro.

En el transcurso del juego ebrio de quien hiciera el mundo, las cosas asistían a un baile continuo: iban surgiendo seres insospechados, otros se disgregaban para recomponerse con nuevas formas en una dinámica continua que todo lo trastocaba. Una leyenda védica afirma que las montañas, en la remota antigüedad, tenían alas y volaban de un lado para otro causando todo tipo de estropicios. De forma que el dios Indra tuvo que intervenir, para cercenar las alas de las montañas y fijarlas para siempre en sus lugares respectivos. Fruto del cierto orden que por necesidad se impuso, el baile del mundo fue apaciguándose; las montañas cedieron sus genes a lo vivo, aceptando resignadas su quietud, compensándola con el amoroso acogimiento de todos los seres encargados de perpetuar la vida sobre la tierra. Y éstos fueron llamados a cambiar lentamente, sólo para mejor adaptarse al medio, abandonando el estimulante juego azaroso del entrecruzamiento de las partes y los sentidos.

Pero el artista, mago del mundo, llega para resucitar el sueño híbrido de las cosas y los seres, para animar de nuevo lo que estuvo durante milenios inerme. Sólo las manos del artista -o las palabras del poeta- saben reanudar el juego fértil de un dios libre, recomponiendo la primera sinfonía de una naturaleza con otro orden y concierto. En ese otro mundo, las cosas y los seres quieren vivir sus sueños ocultos, una vida más plena que aquélla en la que fueron condenados a obedecer, sumisos, el orden pragmático de la realidad.

Pero la tarea del artista no concluye al reorquestar con las manos la materia identitaria, también se plantea el reto de recuperar una mirada común que sepa entender otro hermanamiento distinto entre las cosas, los seres y la vida. Ante la ceguera del mundo y las abundantes trampas de la realidad, el artista asume la difícil tarea de enseñarnos, de nuevo, a mirar. Esto, de otro modo, nos lo dice Eduardo Galeano en El libro de los abrazos a través de una historia inolvidable titulada, no por casualidad, “La función del arte”. En ella, el escritor narra un momento iniciático en la vida de un niño. Diego, el niño que nunca había visto el mar, culminó con su padre las últimas dunas que lo ocultaban. De pronto, cuenta Galeano, la mar estalló ante sus ojos. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: -¡Ayúdame a mirar!

Sólo la mirada inquieta, la que no teme abajarse a lo pequeño, la que sabe condescender a la altura de cada cosa y cada ser, escuchando sus historias mínimas, como nos cuenta la magistral película de Carlos Sorin, puede entender las entretelas de esto que llamamos vida, la íntima naturaleza de los seres y las cosas. En el texto oculto del mundo se encuentran las claves que permiten su desvelamiento, sólo falta aceptar la mano del brujo que nos acompañe a descubrir todos sus matices. Si nos dejamos guiar, podremos apreciar la vida breve de las gotas de agua, la arboleda roja del capó de los coches o la intensa luz generatriz que se escapa por las rendijas de las puertas.

Pero también podremos comprender los vínculos inconfesos que existen entre todas las cosas que habitan la Tierra.

Hay una línea, o acaso un hilo muy delgado, que une a todos los seres de este mundo. Comenzando por cualquiera de ellos, si uno busca con la atención y la libertad suficientes, si tenazmente recupera el hilo cada vez que lo pierde, si no se arredra en el bosque ni en el desierto, puede ir a todos los demás. Puede realizar el recorrido entre dos cuentas cualesquiera del collar infinito .(…) (Jorge Riechmann, desandar lo andado)

Las obras de Anna son piezas, versos del complejo poema de aquello que llamamos naturaleza, la puesta en escena libre de una diversidad eternamente móvil, en la que la materia se nos muestra como ofrenda. Si de barro y agua se puede engendrar cualquier forma, también del deshacimiento del orden del mundo se puede crear una nueva identidad. Los fragmentos, los detalles mínimos de otras vidas, de otros cuerpos o paisajes, reclaman el derecho a protagonizar su propia historia: las gotas detenidas, autoconscientes de su brevedad eterna; las plumas autoafirmadas, volando en el vacío sin más necesidad de pájaro. Reengendrar, pues, las cosas y los seres: desvelar el esqueleto metálico de los corazones de plumas, las espinas de la rosa reviviendo su vocación de escualos, y los cantos rodados reivindicando su derecho a volar sobre la tierra, vengando a las antiguas montañas, que fueron para siempre aquietadas.

Ese hilo casi invisible que entrelaza todas las cosas del mundo, también lo encontramos en la trama y la urdimbre que tejen las obras de Anna; en ellas se hace visible este hilo, para la mirada que permanece atenta. Pero no se trata de un simple juego de metáforas. El aprendizaje de una percepción abierta, como nos enseñó el maestro Joan Brossa, nos permite descubrir lo que normalmente no se nos desvelaría. He aquí un pequeño ejemplo de este aprendizaje: una noche sin luna, estrellada como pocas, contemplaba yo, extasiado, la cúpula inmensa de un cielo punteado de estrellas. Al abajar la mirada a la tierra, descubrí tres luces tenues, mínimas, que dialogaban con las estrellas. Eran tres luciérnagas que alumbraban el suelo del mundo; y yo sentí ese hilo firme que las unía a las estrellas celestes, en un canto infinito de infinitas correspondencias.

Pero no se ciñe el trabajo de Anna a mostrar lo pequeño y lateral, creando una escenografía acogedora en la que todo esto pueda tener cabida. Hay mucho más. Encontramos el deseo de ampliar las reglas de la naturaleza de las cosas, como el hechizo del mago Lewis Carroll en el mundo de Alicia; dando luz a otros seres y otras historias que el azar no permitió y que aquí se nos ofrecen para iluminar nuestros ojos, y afinar un poco más nuestro espíritu escindido. Recorriendo las fotos, los pequeños objetos, las gotas detenidas en su caída, las plumas en bandada, nuestros ojos empiezan a comprender que el mundo que nos habían enseñado era demasiado estrecho. La mirada despierta, lentamente, del letargo de la realidad.

Y acaba así, el poema de Valente que inauguraba estas palabras:

Acógeme de nuevo en ti,
más sólo cuando haya
acabado mi canto.

Esa materia, que se nos muestra diversa y fantasiosa, acogerá de nuevo lo inerte para repoblar el fértil plantel que alumbrará otras vidas y otros mundos. También nosotros participamos de este juego inacabable. Pero de momento somos artífices, a la vez que actores. Mientras tiembla la materia del mundo ante las manos descuidadas de la ciega técnica del hombre, es el oficio del artista el que retoma el testigo del dios primero, el que jugaba a recombinar a placer los hilos de todo lo existente. También serán el poeta y el artista los que asuman la imponente tarea de adiestrarnos en la mirada necesaria, la que nos permitirá despertar al juego libre de las cosas y de los seres hermanados en un tiempo sin tiempo.

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Leve –  José Luis Pérez Pont

Texto para el catálogo de “Leve”, exposición individual en PazYComedias con motivo de Encuentro entre dos Mares, Bienal São Paulo – Valencia. 2007.

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Bajo el título de Leve, Anna Talens (Carcaixent, 1978) presenta una exposición a modo de itinerario por algunos de sus destacados últimos trabajos. Su obra se caracteriza por la construcción de un discurso alrededor de la suavidad como actitud frente a un determinado estado de las cosas, sin denotar por ello falta de intensidad, la artista realiza un ejercicio de investigación que persigue dar visibilidad a ese fragmento de lo real que tiene que ver con lo “hermoso” y “angelical”. Esta muestra arranca con el proyecto Paisajes para los sueños, una serie de imágenes en continua generación en la que se nos descubre el peculiar horizonte que se esconde entre nuestras sábanas. La cama se concibe culturalmente como un lugar para el descanso, el cobijo, la recuperación y el placer, pero también de enfermedad y muerte. Es ese segundo aspecto el que dio inicio a este trabajo fotográfico, a partir del dolor por  la pérdida repetida de seres queridos, realizando una introspección por sus lechos vacíos hasta transformar la desolación en horizontes de belleza. Esas visitas forman ya parte de un proceso creativo, revelando los paisajes de sueños que se dan entre los algodones de ese espacio de intimidad que el ojo humano no es capaz de desvelar sin la ayuda de la fotografía. Al igual que la humanidad genera destrucción y guerra, dispone de la habilidad para trabajar en la construcción de la belleza, quedando patente que en el trasfondo de la obra de Anna Talens se produce una continua referencia a ese estado bipolar mantenido en una permanente e invisible tensión. Para ello la artista emplea diversidad de técnicas y medios pasando por la fotografía, el vídeo, la instalación, el dibujo y el lienzo, dando en este último caso un personal y renovado tratamiento al más clásico de los soportes de expresión artística como se constata en la serie Las pinturas de un escultor payaso.  Muestra un especial cuidado cuando interviene el espacio con la levedad física de los objetos concebidos como Recipientes para el viento, haciendo de la sutileza su modo de relato mediante la narración que se entrelaza a los hilos de cobre, nylon, plata o algodón con los que se les da forma, creando un vínculo íntimo que se disuelve entre la ligereza del continente y la inmaterialidad de su  contenido, envolviéndose en un amoroso susurro. En un momento como este, en el que los media dirigen permanentemente la atención pública hacia los rincones más oscuros de la conducta humana, generando un hábito casi adictivo en la audiencia hacia el dolor y la catástrofe como forma de comunicación de aquellas situaciones mil veces calificadas de “espectáculo dantesco”, Talens elige conscientemente conducir la atención del espectador hacia un ámbito positivo contribuyendo a compensar la representación de la realidad. Del mismo modo que la costumbre hace ley, y la ley tiene siempre excepciones, en el arte proliferan formas que encuentran acomodo bajo el dominio de lo tortuoso; una excepción a esa corriente de exaltación de lo abyecto la encontramos en las propuestas que viene desarrollando Anna Talens. Desde su libertad personal y de creación se permite, aún siendo consciente de la fuerza contraria de cierta corriente cultural y puede que justo por ello, optar por encaminarnos mediante su trabajo hacia un ángulo que es parte igual de la escena que compone lo cotidiano. En esa búsqueda individual como parte de la evolución colectiva se contiene la incertidumbre de lo humano,  resuelta con certeza en las palabras del poeta Walt Whitman: “Todas las verdades esperan en todas las cosas”.

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Recipientes para el viento –  José Luis Pérez Pont

Texto para el catálogo de la exposición individual en la sala Vencill d’Art de la LLotgeta. CAM. 2007.

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Según apunta Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido[1], la vida del consumidor invita a la liviandad y a la velocidad, así como a la novedad y variedad que se espera que éstas alimenten y proporcionen. Desde su punto de vista, la medida del éxito en la vida del homo consumens no es el volumen de compras, sino el balance final. La vida útil de los bienes por lo general sobrevive a la utilidad que tienen para el consumidor. Pero si son usados repetidamente, los bienes adquiridos frustran la búsqueda de la variedad, y el uso sostenido hace que pierdan su lustre y su brillo. Pobres aquellos que, por escasez de recursos, están condenados a usar bienes que ya no prometen sensaciones nuevas e inexploradas. Pobres aquellos que por la misma razón quedan pegados a uno solo de esos bienes sin poder acceder a la variedad aparentemente inagotable que los rodea. Ellos son los excluidos de la sociedad de los consumidores, son los consumidores fallidos, los inadecuados e incompetentes, los fracasados. Son los hambrientos consumidos en medio de la opulencia del festín consumista.

Es cierto que la aceleración de la maquinaria productora de objetos y necesidades ha alterado el modo de relacionarnos y conservar esos objetos o dispositivos. Se cierne a nuestro alrededor el peso de la caducidad. De algún modo esto podría ser entendido como una especie de desprendimiento de las ataduras materialistas que subordinan al individuo mediante la propiedad y la posesión de los mismos, sin embargo es, al contrario, un signo que representa cómo la amplificada vertiente consumista nos ha llevado a un punto de fungibilidad emocional en el que tanto los objetos que poseemos como las personas que nos rodean tienen aparentemente un fácil repuesto, quedando todo reducido al nuevo catecismo del “usar y tirar”.

Anna Talens realiza mediante su serie Recipientes para el viento el proceso contrario de esa reflexión, poniendo de relieve su apego a las cosas como contenedores de memoria emocional, interpretando los objetos más allá de la función que los caracteriza y la forma que les da identidad. Plantea unos delicados objetos tejidos manualmente a partir de hilos de cobre, nylon, plata o algodón –dejando manifiesto desde el principio el valor consciente del tiempo empleado y el significado afirmativo de su voluntad-, concebidos como recipientes imposibles destinados a contener un elemento tan poderoso e inasible como el viento. Con ellos hace de la sutileza su modo de relato mediante la narración que se entrelaza a los hilos que les da forma, creando un vínculo íntimo que se disuelve entre la ligereza del continente y la inmaterialidad de su contenido, envolviéndose en un susurro de objeto encontrado. Con ellos la artista establece un vínculo afectivo que le lleva a desarrollar todo un abanico de cuidados para su conservación, dotándolos de una representatividad casi humana en su relación y de una forma circunstancialmente orgánica.  La liviandad de sus recipientes contrasta con la reflexión que nos plantea. De igual manera, el modo en el que se aplica la relatividad sobre las circunstancias y acontecimientos de la realidad encuentra respuesta en los análisis planteados por Harry G. Frankfurt en Sobre la verdad[2]. El autor enuncia que los grados más elevados de la civilización dependen de un respeto consciente por la importancia de la honestidad y claridad a la hora de explicar los hechos y de un persistente afán de precisión a la hora de determinar qué son los hechos. Es muy probable que las ciencias naturales y sociales, así como la gestión de los asuntos públicos, quedasen estancadas si no conservasen con sumo cuidado este respeto y esta preocupación. Lo mismo puede decirse de las artes plásticas y de las bellas artes. Quizás en un momento como este, en el que los media –con su alteración- dirigen permanentemente la atención pública hacia los rincones más oscuros de la conducta humana, generando un hábito casi adictivo en la audiencia hacia el dolor y la catástrofe como forma de comunicación de aquellas situaciones alimentadas de grandilocuencia y espectáculo, Talens elige conscientemente conducir la atención del espectador hacia un ámbito positivo contribuyendo a compensar la representación de la realidad. Del mismo modo que la costumbre hace ley, y la ley tiene siempre excepciones, en el arte proliferan formas que encuentran acomodo bajo el dominio de lo tortuoso; una excepción a esa corriente de exaltación de lo abyecto la encontramos en las propuestas que viene desarrollando Anna Talens. Desde su libertad personal y de creación se permite, aún siendo consciente de la fuerza contraria de cierta corriente cultural –y puede que justo por ello- optar por encaminarnos mediante su trabajo hacia un ángulo que es parte igual de la escena que compone lo cotidiano. En esa búsqueda individual, como parte de la evolución colectiva, se contiene la incertidumbre de lo humano y es a partir de las apuestas personales, pequeños síntomas de redireccionamiento, donde reside en buena medida el sentido simbólico de un día de viento, como podría recoger la poesía “Besos al aire”[3] de Lucas Verdeguer:

Esa gente que besa al aire

acercando, aséptica, mejilla contra mejilla

y tuerce el morro hacia fuera

para evitar el contacto de labios con piel,

esa gente no tiene perdón,

se puede esperar cualquier cosa de ella.

Fingen el beso con un chasquido de labios

para hacer ver que besan cuando no besan,

pues besar al aire es besar en falso.

Yo estoy con los que besan directo

con labios abiertos a piel ofrecida;

besos sin fingimientos, verdaderos,

que no temen la piel del otro

ni temen al otro.

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Desde el Mediterráneo, con escamas de seda – Silke Opitz

Texto para el catálogo de la exposición individual en Kunstverein Kreis Ludwigsburg e. V. Alemania, 2009.

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Las obras de la artista española Anna Talens aparentan tener poca importancia o estar alejadas de los problemas, no tratan de ser una explícita crítica social ni políticamente correctas. En lugar de querer provocar se acercan en silencio, como los murciélagos, en el crepúsculo, navegando por el aire aparentemente sin peso, para engancharse en las ramas de los árboles retorcidos, con la cabeza colgando hacia abajo. Puediendo ser percibida su presencia o no.

Al alejarse de la moda los trabajos de Talens, resultan desconocidos en la “escena”. Esto puede suceder principalmente por el hecho de ser tan hermosos. La artista en realidad se remonta al viejo ideal – que se discute en el negocio del arte actual – y que se asocia casi siempre con el cuerpo humano, a menudo el femenino. Aunque sin embargo Talens se ve a sí misma principalmente como escultora, y se refiere a la belleza más como una cantidad estética abstracta que busca y encuentra, principalmente en una naturaleza sin vida.

Consideremos al zoólogo alemán Ernst Haeckel, que aún podía ser abrumado por ‘Las formas del Arte de la Naturaleza “, que reconoció en las plantas y las criaturas inferiores (pero también en el rostro de un murciélago) y que más tarde publicó en su fantástico libro de grabados entre 1899 y 1904, hoy otras cosas son necesarias, si se quiere llegar a sentir tal entusiasmo. ¿Es que en aquellos días la gente simplemente miraba las cosas durante más tiempo, aún no estando inundados por imágenes, etc? Haeckel, en cualquier caso, como científico probado y confesado darwinista, tuvo que sufrir las críticas de sus colegas y el disgusto de sus contemporáneos por su embellecida, estética de las “formas del arte en la naturaleza”. Más de un diseñador, sin embargo, puede estar agradecido al filósofo de la naturaleza por inspirar con tal diversidad de formas.

Anna Talens es un artista libre, por comparación, y por lo tanto tiene el derecho incluso de descubrir nuevas especies. Sin embargo, en la escena del arte a veces se enfrenta a la cuestión de cómo su pequeño mundo de las cosas, que después de todo, refleja el gran mundo, puede seguir siendo tan bello …

Para crear este cosmos, Talens transforma las formas naturales o los objetos encontrados en arte, por ejemplo re-produciendo un simple cable verde en hojas de pino atrapadas en una valla durante una ráfaga de viento (Tamiz para el Viento, 2007). También extrae siluetas de plumas de los tejidos de seda, o combina un caracol con una pluma real y con su sombra forma una cabeza de pez (Cuadro blanco con pluma blanca, 2006; Muro ligero, 2007; Cabeza de pez, 2000). Sus objetos, instalaciones, pinturas y fotografías interrumpen el curso real de las cosas y los alejan de su desintegración. La artista les dota de una nueva vida, de un modo poético y romántico. Sin embargo, Talens no es una pura “artista de la naturaleza” con ambiciones ecológicas, como herman de vries o Nils-Udo, aunque en términos de formas a veces los admira un poco en demasía. Antes de conocer siquiera a Haeckel, ella lo siguió y a su monismo, que afirma que todo está vinculado con todo lo demás, todos los procesos y fenómenos con el resto del mundo en un principio fundamental. Es más, Talens es también partidaria del suave relieve de la belleza escondida en los objetos naturales, haciéndolos visibles y que ordena de acuerdo a criterios pseudo-científicos (35 ramas y un hueso, Der urwüchsige Weimarer, 2000). Esto sucede sin que el proceso artístico que ello requiere, haga que se pierda la “naturalidad” y el “verdadero objetivo” de las cosas. Son descontextualizados y, finalmente, vuelven a la escena, debido a los materiales que se transforman, se desplazan en gran escala para ser re-combinados. Quizá ésta es la única manera de “realmente” ver las cosas y reconocerlas en toda su belleza …

Tras tener la ocasión de visitar la “Villa Medusa” de Haeckel en Jena en 2008 Anna Talens quedó muy impresionada por el mundo del erudito universal y su marcado sentido de la forma. Hoy en día, el museo y el instituto de investigación que alberga, entre otras cosas, el estudio de Haeckel, no ha sido alterado desde su muerte en 1919. En el transcurso del tiempo, este lugar especial ha recibido una pátina añadida, y recuerda una vez más el laboratorio de un clásico-moderno alquimista. El estudio de Talens en Carcaixent, España, también tiene colecciones de todo tipo, como si hubieran sido conservados en el tiempo de Haeckel, e incluso anterior a los gabinetes de curiosidades del Barroco. Todo tipo de cosas pueden existir en esas colecciones. Después de la muerte de su abuela, sin embargo, con el temor de que su estudio sea vendido, perdiendo Talens no sólo a una muy querida persona, sino también un lugar tan especial. La artista ha intentado conservar al menos en su propio, particular y paciente modo, las baldosas del suelo de su estudio: 460 dibujos sobre papel montados sobre madera – a juzgar por el motivo, formas naturales del arte – podemos ver esta obra como una alfombra (voladora) o un trozo de tierra cultivado por medio del cual la artista es capaz de moverse donde quiera, estando mientras al mismo tiempo “en casa” y creando. Esta escultura de suelo gráfica se ha producido para el Kunstverein Ludwigsburg y requiere el volumen espacial de la sala principal de exposiciones para desplegar sus efectos, comunicando lo que puede flotar por encima de las cosas bellas o se oculta en la oscuridad debajo de ellas.


[1] Bauman, Zygmunt. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aires, 2005.

 

[2] Frankfurt, Harry G. Sobre la verdad. Paidos, Barcelona, 2007.

[3] Verdeguer, Lucas. Diario del desencanto. Editorial de la UPV, Valencia, 2002.